Oso y Coneja

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Caminaron Oso y Coneja, sin mirarse, hacía el barranco, solo dándose la mano, hacia el árbol muerto en la orilla, mirando el horizonte al atardecer de cerros amarillos.
El árbol los recibió con las ramas abiertas y secas en un abrazo petrificado. Era su último momento y Oso solo quería sentir el suave pelaje blanco de Coneja, el rayo del destino caería en cualquier momento sobre el árbol que serviría de conductor de la muerte; pensaba Oso mientras Coneja lo veía consternada, ella no quería estar ahí, pero Oso había soñado tantas noches con este momento, que sentía que tenía que complacer al sueño, darle gusto, estar ahí en él sabiendo que ningún sueño podría predecir tu muerte.
Se abrazaron, se acurrucaron en el hueco en el árbol bajo la sombra de una tarde moribunda y esperaron. El cielo enfurecido apagaba más rápido la tarde que el sol, les gritaba que se fueran de ahí e advertiéndoles con rayos sobre sus rostros, golpeando a lo lejos donde podían verlos caer cada vez más cerca.
Coneja empezó a creer en ese terrible destino y a preocuparse. Oso, vamonos de aquí tengo mucho miedo. Oso no hablaba, nunca habló, se habían querido en silencio enamorándose con cartas, contándose historias, fantaseando sobre unir sus distintos mundos, que Oso viviera en la madriguera y que Coneja comiera miel, que Oso saltara por las praderas y Coneja se rascara la espalda en los árboles, se contaban sus sueños asegurándose en juego que ellos serían la excepción de la regla que prohíbe a los sueños contados volverse realidad, asi le había llevado Oso al fin del mundo que conocían hacia la ruina de un viejo sauce muerto.
Los rayos caian tan cerca que podían sentir los crateres negros formándose en el suelo, ya caían en un árbol del bosque, ya frente a la cascada iluminado su eterna furiosa caida, ella también les advertía que huyeran. Pero Oso no tenía nada que decir, nunca decía nada, nunca se había recuperado por dentro y solo quería morir con la criatura que le había devuelto algo de vida, la sacrificaría para terminar su tristeza interna eterna. Los truenos ya ensordecían a una Coneja que había rendido las grandes y rosadas orejas al pelambre del pecho de Oso, cuando Oso vio que ella no podía más le dijo: mira al cielo negro, mira las nubes y ambos voltearon para dejarse iluminar los rostros por última vez por un rayo enfurecido.

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