Ensayo sobre la belleza

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He encontrado irresistible la motivación de la belleza. Me atrae como mosca a la miel, aunque esta esté pegada a una trampa dolorosa, vuelo hacia ella sin pensar mucho. Este atractivo es su principal peligro.
Mi belleza favorita siempre fue la feliz, con su mejor expresión en la sonrisa de una mujer. Me he enamorado completamente de una sonrisa, y la mujer que va pegada a ella.
El enamoramiento de la belleza se llama embelesamiento. Su efecto en el cerebro es muy real, disminuye la capacidad de procesamiento de otros estímulos, de profundidad en las ideas. Frente a una obra de arte que no se comunica con nosotros el cerebro puede ser dominado sin consecuencias. Frente a un ser humano, no.
Querer poseer esta belleza, conservarla para nosotros es una respuesta muy natural. Queremos capturar las chispas brotando de la luz de bengala. Estas lucesitas que nos hacen felices en su corta vida, nos entristecen cuando se acaba su combustible. Después del chisporrotear solo queda una tira carbonizada, oscura e inerte. Esta curiosa forma del fuego no puede ser capturada más que abriendo los ojos bien fuerte, jugando con él podemos extraerle más alegría, pero hasta ahí. En cambio la belleza de una sonrisa no se desvanece tan rápido, pero la única manera de capturarla es capturando a la persona que la porta, capturar es otra forma de decir que se enamore de nosotros, solo el amor nos asegurará acceso ininterrumpido a ella, solo el amor puede calmar la ansiedad producida por el pensamiento de su perdida. Si ya llegó a ser requisito para nuestro disfrute del mundo, es decir, es parte de lo que consideramos precioso de la vida, ¿Cómo vamos a estar bien después de perderle?
Existe un jardín, un paraíso terrenal cuya entrada se nos es negada si no contamos con la llave del amor. En la distancia socialmente aceptable nos encontramos abandonados fuera de sus muros, podemos ver en las fotos colocadas como parapetos inconquistables el objeto de nuestra reverencia, una forma de perfección en un mundo imperfecto lejos de nuestras manos y ojos, torturados por su lejanía, limitados a la sombra de nuestros recuerdos o a la palidez de lo que logra capturarse por la tecnología humana.
Habiendo vivido bajo estos muros antes, conociendo el esfuerzo, las habilidades necesarias para saltarlos, las decisiones fuertes que un hombre debe tomar, se vuelve impensable no tomar esos caminos.
Nuestra lucha por volver al edén es trágica en cuanto el brillo que anhelamos nos incapacita para tomarlo, es cruel esta propensión humana a los errores nutridos por las ansias.
Ya que no llega, ya que hemos cometido suficientes errores ante la esfinge guardiana de sus puertas, ya que nos niega para siempre la entrada, la celebración de su existencia, la satisfacción de nuestros sueños de Adan, solo queda la derrota, la aceptación de la expulsión del paraíso.
Pero si somos hombres comprometidos con la belleza entendemos que el camino real es crear nuestra propia belleza, con dignidad pensamos en honrar su existencia, le deseamos una cuna protectora, buscamos con palabras que nunca se cierre la fuente que la alimenta, así esto signifique que su acceso nos sea vedado. Nos queda abrazar la única belleza que podemos en soledad al dejar ir. Como el rio que no busca cambiar su color cuando un hermoso tinte corre por su corriente, sino que lo deja ir, diluirse en si mismo, celebrando su paso mientras fluye hacia el mar.

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